LA NEUTRALIDAD QUE ENFERMA: POR QUÉ TODA PSICOLOGÍA ES TAMBIÉN UNA TEORÍA DE LA SOCIEDAD

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Nicolas Schamne para PBA.AR

Una y otra vez, frente a cualquier intento de pensar el sufrimiento humano anclado en sus condiciones materiales y concretas de existencia, reaparece como un mantra defensivo la misma premisa restrictiva: «No mezclen la psicología con la política».

LA NEUTRALIDAD QUE ENFERMA: POR QUÉ TODA PSICOLOGÍA ES TAMBIÉN UNA TEORÍA DE LA SOCIEDAD
“LOS JUBILADOS ESTÁN HACIENDO UNA PATRIADA” *Por Padre Francisco “Paco” Olveira, Curas en la Opción por los Pobres, a un mes de la muerte del Papa Francisco marcha de jubilados en el Congreso de la Nación Argentina

La afirmación merece, cuando menos, una pausa analítica rigurosa. En primer término, cabe preguntarse qué significa de manera exacta semejante separación tajante, toda vez que la experiencia demuestra de forma empírica que ningún ser humano enferma en el vacío absoluto. Las personas nacen, crecen, aman, trabajan, envejecen y padecen dentro de coordenadas rigurosamente estructuradas por relaciones económicas determinadas, instituciones vigentes, discursos dominantes y asimetrías de poder. La subjetividad jamás constituye un hecho privado o escindido de su entorno; por el contrario, es siempre una compleja y dinámica producción social.

En consecuencia, resulta científicamente inviable pretender comprender el dolor psíquico sin interrogarse hondamente por las estructuras basales que lo generan y lo reproducen cotidianamente.

La ruptura histórica: De Basaglia a Pichon-Rivière

Cuando el referente de la psiquiatría democrática italiana, Franco Basaglia, impulsó el cierre definitivo de los manicomios, su perspectiva excedía por completo los límites de una mera reforma técnica o administrativa del sistema de salud. Su gesto radical cuestionaba de raíz el modelo de organización de toda la sociedad. Basaglia había comprendido cabalmente que el problema patológico no residía de manera exclusiva en el individuo que padecía el síntoma, sino fundamentalmente en los mecanismos comunitarios e institucionales elegidos para nombrar, segregar, excluir y administrar ese sufrimiento.

En idéntica sintonía teórica y práctica, el creador de la psicología social en Argentina, Enrique Pichon-Rivière, postuló que el sujeto jamás puede ser pensado de forma aislada de su trama vincular. Para este marco teórico, el vínculo no representa un mero agregado posterior o secundario en la vida de la persona; constituye, por el contrario, el sustrato material y simbólico donde el sujeto llega propiamente a existir.

De allí la profunda vigencia de aquella célebre inscripción callejera registrada en las inmediaciones del Hospital Borda: «Cuando decimos no al manicomio, decimos no a la miseria del mundo». Dicha consigna trasciende con holgura el estricto campo de la salud mental para erigirse como una insoslayable decisión ética. Nos advierte con claridad meridiana que resulta insuficiente limitarse a asistir las consecuencias trágicas del desamparo social si, al mismo tiempo, se convalidan y aceptan como naturales e inevitables las condiciones estructurales que las provocan.

La falacia de la neutralidad profesional

Bajo estos parámetros epistemológicos, resulta sumamente complejo sostener la premisa de una práctica neutral, ya hablemos de trabajadores sociales, psicólogos o profesionales de la salud mental. No se trata de suponer que toda intervención deba subordinarse o responder mecánicamente a los intereses partidarios de una coyuntura; el punto nodal radica en que cualquier intervención técnica presupone, de manera inevitable, una determinada concepción de la sociedad, del lazo comunitario y del ser humano.

Incluso la autodenominada neutralidad adquiere indefectiblemente un claro posicionamiento político cada vez que opera naturalizando aquello que, por definición, es histórico y susceptible de ser transformado. La psicología social emergió históricamente no solo con el propósito descriptivo de comprender los vínculos humanos, sino con la vocación transformadora de intervenir activamente sobre ellos. Su objetivo no consiste en readaptar pasivamente a los sujetos a cualquier modelo de realidad imperante, sino en someter a debate permanente qué tipo de realidad estamos contribuyendo a consolidar o modificar con nuestras prácticas cotidianas. Quizás sea esa vocación cuestionadora la que genera incomodidad en determinados sectores; y tal vez esa misma incomodidad constituya uno de los aportes más lúcidos y necesarios que la disciplina puede ofrecer hoy a la comunidad.

Debates contemporáneos y reacciones en las redes

Recientemente, al difundir reflexiones analíticas sobre estas temáticas vinculares y políticas desde el ejercicio profesional, se registró un caudal considerable de interacciones y un amplio nivel de difusión en plataformas digitales. Del total de las reacciones obtenidas, un abrumador 90% se manifestó de manera positiva —expresada en expresiones de aprobación, interés y validación colectiva—, lo cual representa, en términos sociológicos, un claro síntoma de esperanza y avidez por debatir el trasfondo de las problemáticas comunitarias. El 10% restante concentró reacciones de rechazo explícito.

En el plano discursivo de los comentarios se replicó una polarización similar: mientras predominaron los aportes constructivos y el intercambio de ideas, una porción minoritaria canalizó descalificaciones, insultos y expresiones de odio político. Entre las réplicas más sintomáticas figuraron nuevamente consignas del tipo «no hay que mezclar la profesión con la política», formuladas llamativamente incluso por algunos profesionales de la psicología social. Semejante postura suscita un interrogante inevitable acerca de cómo conciben su propia disciplina quienes sostienen tales argumentos.

Cabe preguntarse cuáles han sido las lecturas reales de los legados teóricos legados por referentes fundacionales como Pichon-Rivière o Armando Moffatt, de qué manera interpretan el anudamiento entre sus marcos teóricos abstractos y la praxis concreta sobre el territorio, y qué criterios se utilizan para seleccionar o descartar conceptos según conveniencia.

Hacia una salud mental emancipadora

Investigar, teorizar o intervenir en el campo de la psicología social prescindiendo de una lectura crítica de la realidad económica y política corre el riesgo de reducir la profesión a un mero instrumento instrumental de adiestramiento, contención burocrática y adaptación pasiva. Analizar el presente exige denunciar sin ambages las condiciones sociales estructurales que enferman el tejido comunitario, del mismo modo que intervenir activamente implica la construcción rigurosa de dispositivos colectivos capaces de devolverles a los sujetos su potestad transformadora. La salud mental comunitaria es, en su dimensión más honda, un proyecto político de emancipación.

La psicología social posee un carácter transgresor inalienable porque interroga los consensos superficiales, subvierte los órdenes injustos y parte de la premisa de que la subjetividad humana es indisociable de sus condiciones materiales concretas de existencia. Como señalara oportunamente Franco Basaglia al examinar los nexos estructurales entre el padecimiento subjetivo y la exclusión, en el fondo de toda patología grave subyace siempre un profundo conflicto social atravesado por la desigualdad y la pobreza.

En definitiva, la práctica profesional en el ámbito de la salud mental posee una dimensión política ineludible. Tanto al momento de analizar rigurosamente los procesos sociales como al momento de planificar intervenciones sobre el terreno, el quehacer profesional opera inevitablemente sobre el espacio público. Negar esa condición constitutiva no elimina la política; tan solo convalida, de manera tácita, el statu quo vigente.

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