
La eventual reelección de Martín Llaryora no dependerá sólo de la gestión en la ciudad capital, sino de su capacidad para reconstruir poder territorial en el interior productivo de la provincia.
El anuncio de que buscará un nuevo mandato en 2027 activó algo más que el calendario electoral: puso en marcha la discusión estratégica sobre cómo sostener el modelo cordobesista en un contexto nacional volátil. Córdoba es un gigante agroindustrial con pies de barro político: fuerte en recursos, pero históricamente fragmentada en identidades locales. Gobernarla exige algo más que marketing urbano. Exige territorialidad real.
En ese tablero empieza a cobrar centralidad la figura de Eduardo Accastello. No como nombre decorativo, sino como síntoma. Villa María no es sólo una ciudad intermedia: es un nodo económico, universitario y productivo del centro provincial. Quien domine ese eje controla una arteria clave del mapa político. En una elección que podría adelantarse estratégicamente —la ley provincial habilita una ventana amplia para convocar— el armado fino será más determinante que la épica.
Primer punto: la gestión en la capital provincial ha consolidado imagen, obra pública y narrativa de continuidad. Pero el voto urbano no es suficiente. Córdoba no es únicamente su capital; es Río Cuarto, San Francisco, Villa María, el arco agroexportador y el corredor industrial. El oficialismo lo sabe: sin intendentes alineados y movilizados, no hay maquinaria electoral que resista.
Segundo punto: el resultado adverso en las legislativas nacionales dejó cicatrices. La lista asociada a Juan Schiaretti y Verónica Navarro fue superada por la propuesta encabezada por Gonzalo Roca. Ese dato no es menor. En política, las derrotas ordenan. Y cuando ordenan, reconfiguran poder interno. La discusión por la fórmula no es sólo electoral: es una puja por liderazgo hacia el futuro del peronismo cordobés.
Tercer punto: la hipótesis de incorporar a Natalia de la Sota como compañera de fórmula introduce otro vector: apellido, volumen simbólico y proyección territorial. No se trata de nostalgia, sino de capital político acumulado. En cambio, la actual vicegobernadora Myrian Prunotto expresa continuidad institucional, pero no necesariamente expansión electoral.
La metáfora es clara: el cordobesismo es como una represa. Si sólo acumula agua en el embalse central —la capital— pero no refuerza los diques del interior, cualquier tormenta nacional puede desbordarlo. Y 2027 será tormentoso. La Argentina atraviesa una reconfiguración económica profunda, con tensiones entre ajuste fiscal, caída del consumo y redefinición del rol del Estado. En ese escenario, las provincias que sobrevivan serán las que articulen producción, infraestructura y cohesión política.
La discusión de la fórmula no es una cuestión de nombres propios. Es la definición de qué Córdoba quiere proyectarse: una provincia administrada desde el Palacio o una provincia articulada desde su entramado territorial. Si Llaryora logra integrar gestión eficiente con músculo político en el interior, consolidará un modelo propio en la geopolítica nacional. Si falla, el cordobesismo puede transformarse en un proyecto urbano encapsulado.
El 2027 no será una elección más. Será un plebiscito sobre la capacidad del peronismo cordobés de reinventarse sin perder identidad. Y esa reinvención no se decide en conferencias de prensa: se decide en cada departamento, en cada intendencia, en cada alianza silenciosa que construya mayoría real.
Córdoba no necesita candidatos ornamentales. Necesita arquitectura política. Y quien entienda eso primero, ganará.

Mario Alfredo Peral – (Presidente de Unión Popular Federal – Córdoba)
