
El reloj de ajedrez avanza en silencio mientras un niño con anteojos ajusta su postura en una silla que le queda ridículamente grande. Sus pies ni siquiera rozan el suelo; cuelgan a unos centímetros del piso, hamacándose al ritmo imperceptible de su concentración. Frente a él hay un Maestro Internacional con décadas de teoría acumulada en las sienes. Pero a Faustino Oro —a quien el mundo ajedrecístico ya apoda con fascinación el «Messi del ajedrez»— los títulos ajenos no parecen intimidarlo. La historia de Faustino no nació en los viejos salones con olor a madera y café del Club Argentino de Ajedrez, sino en el encierro de la pandemia de 2020. Tenía apenas seis años cuando sus padres, buscando una alternativa para canalizar una energía infantil sin salida dentro de un departamento de San Cristóbal, le crearon una cuenta en una plataforma de ajedrez online. Nadie imaginaba que estaban abriendo una caja de sorpresas infinita. Lo que a cualquier mortal le toma años de estudio sistemático, memorización de aperturas y miles de horas de cálculo, en Faustino se dio como una revelación instintiva. En cuestión de meses, el algoritmo de la plataforma ya no encontraba rivales de su edad para emparejarlo. Mientras otros chicos de siete años aprendían las reglas básicas, el niño porteño devoraba tácticas complejas y descifraba el valor dinámico de las piezas como si leyera un libro en su idioma nativo. El salto al tablero físico fue casi un trámite. Faustino no solo jugaba bien: jugaba rápido, con una intuición feroz que desarmaba a veteranos acostumbrados al cálculo pausado. Su ascenso no tuvo pausas. Cruzó la barrera de los 2000 puntos ELO con una velocidad inédita, se convirtió en el Maestro Internacional más joven de la historia de la humanidad (a los 10 años y 8 meses) y firmó una hazaña viral que dio la vuelta al globo: derrotar en una partida rápida a Magnus Carlsen, el rey indiscutido de esta era. Para acompañar semejante fenómeno, su familia tomó una decisión drástica: armar las valijas y mudarse a España para competir en el epicentro del ajedrez mundial. Detrás del prodigio hay una rutina exigente de entrenadores de elite, pero también la mirada atenta de unos padres que intentan resguardar la infancia del niño detrás del genio. Cuando la partida termina y las piezas vuelven a su caja, el niño de la mirada afilada desaparece. Faustino vuelve a reírse, a pedir la merienda o a hablar de fútbol con la misma soltura con la que, minutos antes, construyó una red de mate impecable sobre 64 casilleros.
¿Nadie ha roto el hielo todavía?
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