Las nuevas generaciones reciben el mandato de estudiar, trabajar, capacitarse, independizarse y construir un futuro mientras enfrentan condiciones cada vez más inciertas. Para muchos jóvenes, estudiar y trabajar simultáneamente se convirtió en una necesidad. Según datos citados por la Organización Internacional del Trabajo, durante 2025 alrededor de seis de cada diez jóvenes ocupados en Argentina se encontraban en condiciones de informalidad.
La precariedad no afecta solamente los ingresos. También reduce el tiempo disponible para descansar, estudiar, desarrollar actividades culturales y construir proyectos personales. Al mismo tiempo, la creciente responsabilización individual puede convertir problemas estructurales en supuestos fracasos personales. La falta de empleo puede interpretarse como falta de preparación y el agotamiento como incapacidad para organizarse.
Una cultura organizada alrededor de la atención
La transformación de la juventud también ocurre en el terreno cultural. Instagram, TikTok, YouTube y otras plataformas se convirtieron en espacios centrales de socialización. Sus algoritmos seleccionan contenidos a partir de nuestros hábitos y buscan mantener nuestra atención durante el mayor tiempo posible.
Esto plantea un problema psicológico, filosófico-político. El individuo puede sentir que elige libremente qué consumir, aunque muchas de las opciones que aparecen frente a él hayan sido previamente seleccionadas mediante mecanismos que desconoce.
Nunca fue tan sencillo acceder al conocimiento, pero tampoco fue tan fácil quedar atrapado en contenidos diseñados únicamente para producir estímulos inmediatos. El consumo constante de contenido basura puede favorecer una atención fragmentada. A corto plazo puede disminuir la tolerancia al aburrimiento; a mediano plazo afectar determinados hábitos de estudio y concentración; y a largo plazo contribuir al empobrecimiento cultural de una sociedad con menor disposición para leer, estudiar y reflexionar.
El problema no consiste en afirmar que la tecnología sea buena o mala, sino en preguntarnos qué tipo de subjetividad produce una cultura organizada alrededor de la captura permanente de la atención.
Juventud y salud mental
La situación adquiere especial gravedad al observar los datos sobre salud mental juvenil.
Según un análisis de Chequeado.com basado en estadísticas del Ministerio de Salud de la Nación, desde 2022 el suicidio constituye la principal causa de muerte entre las personas de 15 a 24 años. En 2024 también ocupó el primer lugar entre quienes tienen entre 25 y 34 años. Ese año se registraron 3.614 muertes por suicidio en el país, de las cuales 787 correspondieron a adolescentes y 957 a jóvenes adultos.
El suicidio es un fenómeno multicausal, por lo que no puede atribuirse exclusivamente a las redes sociales, la precariedad económica o cualquier otro factor aislado. Sin embargo, estos datos muestran que la salud mental juvenil no puede ser considerada únicamente un problema privado. Además de atención sanitaria, requiere instituciones educativas preparadas, espacios de acompañamiento y políticas que fortalezcan las condiciones sociales en las que se desarrollan los jóvenes.
Recuperar una cultura común
Frente a este escenario, reducir el problema al tiempo frente a una pantalla resulta insuficiente. También es necesario recuperar espacios de participación y formación como la escuela, los clubes, las universidades, los centros culturales y las asociaciones.
No se trata de rechazar la tecnología ni de aislarse de otras culturas. La cuestión es conservar la capacidad de producir y transmitir una identidad propia. La historia, la literatura, la música, el pensamiento nacional y las tradiciones populares pueden funcionar como herramientas para comprender nuestra sociedad y construir nuevas formas de expresión.
Unidad nacional y trascendencia
Una sociedad necesita algo más que individuos capaces de consumir, producir y competir. Necesita ciudadanos capaces de reconocer valores y responsabilidades que trasciendan el interés personal.
La unidad nacional no implica uniformidad de pensamiento. Supone reconocernos como integrantes de una misma comunidad política, con una historia compartida y responsabilidades hacia los demás y hacia las generaciones futuras.
Desde esta perspectiva, el amor a la patria puede entenderse como un compromiso con algo que supera al individuo. La nación no es solamente un territorio o una estructura estatal, sino también memoria, cultura, historia y continuidad entre generaciones.
Frente a una cultura que tiende a medir el éxito mediante el consumo, el reconocimiento y la acumulación material, resulta necesario recuperar valores como la solidaridad, la responsabilidad, el conocimiento, la justicia, el esfuerzo y el cuidado de las generaciones futuras.
La trascendencia puede entenderse como la conciencia de que nuestra existencia forma parte de una realidad histórica que comenzó antes de nosotros y continuará después. Formar jóvenes, por lo tanto, no debería significar únicamente prepararlos para el mercado laboral, sino también transmitirles la conciencia de pertenecer a una comunidad y de tener responsabilidades hacia ella.
El papel del Estado
Si las grandes plataformas digitales poseen capacidad para influir sobre los hábitos culturales de millones de personas, resulta necesario discutir sus responsabilidades. La respuesta puede incluir transparencia algorítmica, protección de datos, alfabetización digital y educación mediática.
Al mismo tiempo, el Estado puede fortalecer aquello que las plataformas no pueden proporcionar por sí mismas, como escuelas, bibliotecas, universidades, clubes, centros culturales, deporte, ciencia y producción cultural nacional.
Proteger a la sociedad frente a influencias externas no debería significar aislarla del mundo. El objetivo debería ser preservar la capacidad de la comunidad política para producir su propia cultura y decidir sobre su desarrollo tecnológico. La soberanía del siglo XXI también posee una dimensión cultural y tecnológica.
El derecho a construir un futuro
Ser joven debería significar mucho más que sobrevivir al presente. Debería existir la posibilidad de estudiar, trabajar en condiciones dignas, acceder a una vivienda, desarrollar intereses culturales, participar de la vida pública y construir un proyecto de vida.
La discusión sobre las juventudes argentinas involucra, por lo tanto, el trabajo, la educación, la salud mental, la cultura, la tecnología y las condiciones materiales de existencia.
El desafío no consiste en rechazar el mundo contemporáneo ni en regresar al pasado. Consiste en formar una juventud capaz de relacionarse con él sin perder su autonomía, su capacidad crítica ni su vínculo con una comunidad histórica.
Porque detrás de cada joven que trabaja mientras estudia, que se compara constantemente, que consume horas de contenido diseñado para retener su atención o que encuentra dificultades para imaginar su futuro existe algo más que un problema individual.
Existe una sociedad.
Y si queremos construir otra, no alcanza con cambiar los hábitos de los jóvenes. También debemos transformar las condiciones materiales, culturales e institucionales que determinan qué futuro puede imaginar una generación.
Por Francisco Salvarredy y Lucio Le Moal
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